La Semana Santa sigue los últimos días de Jesús en Jerusalén. El Domingo de Ramos la multitud lo recibió aclamando “¡Hosanna al Hijo de David!”. El Jueves Santo compartió la última cena, lavó los pies de Sus discípulos y les dio un mandamiento nuevo: que se amaran unos a otros como Él los había amado. El Viernes Santo fue crucificado; entre Sus palabras en la cruz están “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” y «Consumado es». El Sábado Santo, o Sábado de Gloria, es un día de silencio junto a la tumba.
El Domingo de Resurrección, o de Pascua, es la razón por la que la semana importa. Pablo transmite lo que recibió como lo primero: “Que Cristo fué muerto por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; Y que fué sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras”. Las mujeres llegaron a la tumba para ungir un cuerpo y oyeron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?”. Los cuatro Evangelios lo cuentan, y católicos, ortodoxos y evangélicos lo confiesan por igual.
La resurrección no es solo un hecho pasado, sino una esperanza viva. Pedro escribe que Dios “nos ha regenerado en esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos”. Pablo puede desafiar a la muerte misma: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?”. Para quien está de duelo, la Pascua es el fundamento de la esperanza cristiana de que la muerte no tiene la última palabra.
La fecha cambia cada año: en Occidente, la Pascua cae el primer domingo después de la luna llena eclesiástica que sigue al 21 de marzo, o coincide con él. En 2027, católicos y evangélicos celebran el Domingo de Resurrección el 28 de marzo, con el Domingo de Ramos el 21 de marzo y el Viernes Santo el 26 de marzo. Las iglesias ortodoxas, que calculan la fecha con el antiguo calendario juliano, celebran la Pascua el 2 de mayo de 2027, con el Viernes Santo el 30 de abril.