El enojo no es pecado en sí mismo. A Dios se le describe como “lento para la ira” (Salmos 103:8), no como alguien que nunca se enoja, y Jesús miró a los de corazón endurecido “con enojo, condoleciéndose de la ceguedad de su corazón” antes de sanar a un hombre en sábado (Marcos 3:5). El enojo ante la injusticia, la crueldad o el maltrato puede ser la respuesta correcta a algo que de verdad está mal. Pablo lo dice citando un salmo: “Airaos, y no pequéis”.
La tensión está en la segunda mitad de esa frase. La misma Biblia advierte que “la ira del hombre no obra la justicia de Dios” y pone el enojo y la ira entre las cosas que deben ser quitadas de nosotros (Efesios 4:31). El enojo se vuelve dañino cuando se alimenta, cuando busca venganza (Romanos 12:19 la deja en manos de Dios) o cuando sale en gritos, desprecio o violencia. Por eso Pablo añade: “no se ponga el sol sobre vuestro enojo”.
El consejo práctico de la Escritura es antiguo y sigue funcionando. Escucha primero y habla despacio (Santiago 1:19). Responde con suavidad: “La blanda respuesta quita la ira”. Llévalo a Dios antes de llevarlo a la otra persona: “conversad en vuestro corazón sobre vuestra cama, y desistid”. Ser lento para la ira no significa fingir que no estás enojado. Los salmos están llenos de enojo sincero llevado a Dios en oración, y ponerle nombre a lo que te hirió suele ser el primer paso para manejarlo bien en lugar de enterrarlo hasta que estalle.
El enojo en casa merece unas palabras aparte. Si el enojo de alguien te da miedo, con gritos que se vuelven amenazas, cosas rotas, golpes o control sobre adónde vas y con quién hablas, no es algo que debas aguantar ni que se arregle solo con oración. Ponerte a salvo es lo primero. En Estados Unidos, la Línea Nacional contra la Violencia Doméstica es el 1-800-799-7233 (también atiende en español); en España, el 016 (no deja rastro en la factura); en México, el 911; en otros países, el número de emergencias local. Y si es tu propio enojo el que asusta a las personas que amas, contarlo y buscar ayuda, con un pastor, un psicólogo o un grupo para el manejo de la ira, es un acto de amor, no una derrota.