La gran palabra del Antiguo Testamento para la bondad es el hebreo hésed: un amor leal, de pacto, que sigue presente. La Reina-Valera suele traducirla como misericordia. Cuando Miqueas resume lo que Dios pide, “hacer juicio, y amar misericordia, y humillarte para andar con tu Dios”, la frase del medio es literalmente amar el hésed. En el Nuevo Testamento aparecen además la benignidad y la bondad, como en el fruto del Espíritu.
La bondad cristiana nace primero de la bondad de Dios. Tito 3 dice que “se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres” y que nos salvó “No por obras de justicia que nosotros habíamos hecho”. Romanos 2:4 añade que es la benignidad de Dios la que guía al arrepentimiento. Somos bondadosos porque nos han tratado con bondad.
La bondad bíblica es más que ser amable. Es misericordiosa (Efesios 4:32), y actúa: hace bien “a todos” (Gálatas 6:10), practica la hospitalidad (Hebreos 13:2) y sirve a los olvidados, en quienes Jesús dice que lo servimos a Él (Mateo 25:40). Llega incluso a los enemigos, porque Dios “es benigno para con los ingratos y malos”. Y muchas veces es pequeña: una buena palabra para un corazón cargado (Proverbios 12:25), paciencia, una comida, una visita.
La bondad no significa dejar que te maltraten ni callar ante el daño. La misma Biblia que llama a la bondad llama a la justicia y a la verdad: “Misericordia y verdad no te desamparen”. Ser bondadoso puede incluir poner un límite, decir que no, o decirle a alguien una verdad difícil con delicadeza.